lunes, 7 de enero de 2008
Las alcantarillas de la calle Áncora
Mi hija Marisa me anima a escribir sobre las pelotas de las alcantarillas en aquel tiempo. Desde el cuarenta hasta el cuarenta y cinco los niños disfrutábamos de pocas pelotas pero las pocas que había se colaban por las alcantarillas, así que la pandilla nos metíamos por una que había en la calle Áncora (ahora Palos de Moguer) y casi a tientas, con alguna linterna o con antorchas hacíamos el recorrido hasta La China, o sea el Arroyo Abroñigal y con suerte encontrábamos alguna y a veces hasta grandes, era una fiesta el hallazgo, pero del viaje esta aventura con las ratas paralelas a nosotros, es lo que más nos gustaba. Había algunas niñas que les daba miedo y no venían, a mi que tenía mas miedo que nadie no se me ocurría desistir, era fantástico, la vuelta era ya por arriba y nos parecía que nos habíamos alejado más de lo permitido, pero nadie se “chivaba”. Otras veces hacíamos nuestras propias pelotas con calcetines viejos, yo llegue a ser buena jugadora de fútbol en la acera de mi casa.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Nuestra casa de Usera
Cuando la mandó construir el padre ó el maestro como le llamaban mis hermanos aquello era todo campo, un sembrado enfrente inmenso, que desde el balcón, cuando había viento, parecía las olas del mar. Quería vivir casi en el campo junto con todos sus hijos, el edificio de tres plantas y abajo el taller, cada uno teníamos nuestra propia casa y todos teníamos la llave siempre por fuera lo cual resultaba que éramos una comunidad muy unida, aunque en el piso de los padres era donde siempre estábamos. Llegamos a reunir entre todos veintitrés niños, más los de mi hermana Rosa que tenía nueve, y los de Cari que no vivía allí pero como si viviera porque siempre estaba con nosotros, así que los niños no necesitaban mas amigos, nos conocían por el “clan” Tortosa. Una época muy feliz y muy peculiar, nos reuníamos para cantar y cualquier cosa era motivo de fiesta. Eso poco a poco se fue perdiendo con la falta de mis padres y también por nuestro afán de vivir con más amplitud y en casa independientes. Yo lo tengo muy arraigado esa forma de vivir y por eso ahora que vivo sola me vienen esos recuerdos.
domingo, 9 de diciembre de 2007
Nuestra primera moto
Ya he comentado lo de la fiebre de la moto y cuando terminamos de pagar la reparación del golpe que dimos a la que habíamos alquilado, pensamos que igual que pagamos la reparación podíamos comprar una nueva y con esa idea pudimos comprar nuestra primera moto: una Lube preciosa de 125 cc. Eso fue una de las mayores ilusiones de nuestra vida. Con ella llegamos hasta donde queríamos, incluido el puerto de Los Leones, y que sensación de libertad puedes sentir. En ella aprendí a conducir una moto. Años después la cambiamos por una Vespa y otra vez como la anterior firmamos un montón de letras que guardábamos en una caja de zapatos. Cuando nació Piluca la llevábamos entre los dos bien agarradita, pero comprendimos que era peligroso y entonces Ángel añadió un sidecar y la niña iba en el fondo bien abrigada, que pena que no tenga ninguna foto con la cabina de una avioneta que fabricó su padre para protegerla del frío y el viento. Hasta Cartagena fuimos, lo que no me acuerdo es de cuantas horas tardamos, de lo que sí me acuerdo es que Angel tenía las piernas como un cowboy.
La fiebre de la moto
Nosotros lo llamábamos la fiebre de la moto, estábamos enganchados, como dicen ahora, a esa idea y por mas que le dábamos vueltas no nos salían las cuentas. Yo que he sido siempre muy optimista no lo veía tan negro, Ángel se negaba ni siquiera a la idea de tener una. Fue un día que alquilamos una entre mi hermano Juan y Anita, ahora su mujer, ¡que bien lo pasábamos! nos turnábamos para montar, estuvimos en la Casa de Campo, montábamos las dos chicas con uno o con otro y sentimos, por lo menos yo, un aire de libertad, bueno yo no lo sé explicar, eso hay que sentirlo cuando se monta, y mucho más cuando la conduces tu. Cuando pasaron muchos años después que tuve mi propia moto, pienso que debe ser así como montar a caballo que yo no lo he probado nunca y estoy arrepentida. Aquel día no terminó muy bien porque nos caímos cuando ya teníamos que devolver la moto, tropezó la pata de cabra con el raíl del tranvía cerca de la puerta de Toledo, fue un buen susto. Anita tenía las piernas desolladas, yo eché a correr a buscar a Angel, yo corría mucho y no sé como le pude encontrar saliendo de la casa de campo, entonces él se fijo que yo tenía las piernas ensangrentadas, no es nada le dije, vamos enseguida que hay que devolver la moto claro la moto no andaba, la llevaron andando hasta Manuel Becerra y tuvimos que pagar muchos meses la reparación. Esto no restó nuestro deseo de tener moto propia pero eso ya lo contaré otro día.
martes, 6 de noviembre de 2007
La palangana del rastro
Fue una mañana de las pocas que nos quedamos en Madrid, yo siempre preparaba la comida para ir al campo, pero aquel domingo nos quedamos. A él le gustaba mucho Madrid, el campo lo aceptaba porque no sabía decir que no y me debía querer mucho aunque yo no lo notara, no me dijo nunca que me quería, siempre le preguntaba y se echaba a reír, algunas veces me he preguntado si el cariño se podía medir y pensaba que el mío era mucho más grande, pero cada día que pasa pienso mas en él y recuerdo tantas buenas cosas a su lado, su bondad, esa tranquilidad y paciencia, sus razonamientos. He tenido buena suerte de poder vivir una gran vida con un hombre como él. Le gustaba mucho ir al rastro y siempre encontraba cosas a buen precio, aquel día yo me fijé en una palangana con su jarra, pero era muy cara y seguimos. De pronto aparco diciendo que me quedara en segunda fila que venía enseguida, yo distraída con la cantidad de gente que pasa en el rastro. De pronto le vi venir de lejos y traía en sus brazos la palangana y la jarra, y esto podéis creerlo yo lo había soñado hacía mucho tiempo tal como venía hacia mí. ¿Se puede en sueños ver cosas que nos ocurren mucho después?
martes, 30 de octubre de 2007
Octubre 2007
Recuerdo un viaje que hicimos a Cartagena debía ser por los años 40. Habíamos recibido una carta que decía que la abuela se estaba muriendo, mi madre preparó el viaje rápido y salimos aquella misma noche, el papá no podía acompañarla así que nos fuimos mis hermanos pequeños y yo que tendría unos diez años, después de pasar mucha hambre y lejos de mi familia, pero esto ya lo iré contando, estaba muy espabilada. Aquellos trenes eran muy lentos pero nosotros quietecitos arrimados a mi madre. Cuando nos venció el sueño entró el revisor y nos pidió los billetes y el permiso de mi padre para viajar. Ese papel no lo llevaba, “pues se tienen que bajar en la próxima estación” nos dijo y la guardia civil se haría cargo de vosotros, mi madre se echó a llorar diciendo que iba a ver a su madre por última vez, pero nada, llorábamos todos, cuando llegó la guardia civil me acordé de la carta que demostraba que la abuela estaba gravísima y nos dejaron seguir viaje. Yo creo que en aquellos tiempos les gustaba hacer sufrir a la gente y a las mujeres principalmente.
Ha cambiado mucho la vida pero queda mucho por andar hasta la igualdad con los hombres.
Ha cambiado mucho la vida pero queda mucho por andar hasta la igualdad con los hombres.
Verano del 2007
Ya tengo 77 años, me siguen gustando las aventuras, una de las últimas el viaje que realicé este verano con las amigas de mi hermana Cari, que ahora son mis amigas, las llamamos Las Palomo por su apellido, son algo mayores, una 92 y 89 la pequeña, son extraordinarias como era mi hermana, yo me siento feliz estando con ellas, les gusta leer y están en la actualidad política y cultural, me parece tener a mi querida hermana todavía. Bueno a lo que voy, pensé irme con mi coche hasta la playa, que yo lo he hecho otras veces menos mal que mi hija Marisa no quiso que yo condujera tantos kilómetros y nos acompañó. Saliendo de Madrid se rompió el cambio y se quedó bloqueado en medio de la carretera, no había manera de señalizar la avería, a esto pasaban los camiones silbando y pitando, la policía fue lo primero que avisó después la grúa, pero aquello se hacía eterno. Bajamos del coche, no sé cómo y tuvimos que saltar la mediana para nuestra seguridad, esto era para filmarlo, Las Palomo había que hacerlo cogiéndolas de los brazos la mayor una (jabata) la pequeña. Nos costó llegó la grúa (tráfico no apareció) y recuerdo la cara que puso cuando vio tres viejas detrás de la mediana, pensaría son marcianas, que bien se portó.
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