martes, 15 de enero de 2008

Cuando escribo la página

Cuando escribo la página siempre tengo miedo de no poder hacerlo como quisiera, pero pienso que mis hijos y nietos podrán leer y saber cosas de mi vida que con el tiempo se olvidan. La verdad es que no ha sido tan importante como para escribirla, pero es nuestra vida, la de Angel y Pilar que se quisieron mucho y como resultado han tenido tres hijos fabulosos como diría yo, él diría que ellos le habían hecho ser feliz y cumplir todas las ilusiones que había puesto en ellos, qué pena que no pueda ver a sus nietos tan grandes, que son el reflejo de sus padres.

lunes, 7 de enero de 2008

El tope del tranvía

En la glorieta de Luca de Tena terminaba el tranvía, un poco más abajo la estación de Delicias, donde íbamos a jugar a las vías del tren y al lado de la estación La Ferro un campo de deportes donde vimos muchos partidos y veladas de boxeo. Esto último no me ha gustado tanto pero nos colábamos sin pagar con una habilidad increíble, también entrábamos en el cine de verano, saltando la valla de madera y justo donde daba la vuelta a la glorieta, el tranvía aflojaba la marcha y de un salto nos sentábamos en el tope, el revisor cuando nos veía nos tiraba arena de un cajoncito que llevaba colgando en la parte de atrás, creo que servía para frenar en algunos casos. De esta forma cambiando de tranvía viajábamos hasta la tienda de mi hermana Rosa en la calle López de Hoyos unas distancias grandísimas, otras veces íbamos en bicicleta y algunas me ha llevado mi hermano Pedro en la barra. Pensábamos merendar a lo grande pero mi hermana como tenía tanto trabajo se olvidaba de darnos de merendar y nosotros nos conformábamos con unas algarrobas que vendía para los caballos porque la tienda era de piensos y nos sabían a gloria, están muy dulces pero algo duras, en aquel tiempo el hambre se combatía con cualquier cosa y el estómago no nos dolía, estábamos siempre bien de salud, claro de vez en cuando nos ponía mi madre en fila y nos teníamos que beber un vaso de agua de Carabaña, esto quien lo haya probado, es tela marinera.

Las alcantarillas de la calle Áncora

Mi hija Marisa me anima a escribir sobre las pelotas de las alcantarillas en aquel tiempo. Desde el cuarenta hasta el cuarenta y cinco los niños disfrutábamos de pocas pelotas pero las pocas que había se colaban por las alcantarillas, así que la pandilla nos metíamos por una que había en la calle Áncora (ahora Palos de Moguer) y casi a tientas, con alguna linterna o con antorchas hacíamos el recorrido hasta La China, o sea el Arroyo Abroñigal y con suerte encontrábamos alguna y a veces hasta grandes, era una fiesta el hallazgo, pero del viaje esta aventura con las ratas paralelas a nosotros, es lo que más nos gustaba. Había algunas niñas que les daba miedo y no venían, a mi que tenía mas miedo que nadie no se me ocurría desistir, era fantástico, la vuelta era ya por arriba y nos parecía que nos habíamos alejado más de lo permitido, pero nadie se “chivaba”. Otras veces hacíamos nuestras propias pelotas con calcetines viejos, yo llegue a ser buena jugadora de fútbol en la acera de mi casa.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Nuestra casa de Usera

Cuando la mandó construir el padre ó el maestro como le llamaban mis hermanos aquello era todo campo, un sembrado enfrente inmenso, que desde el balcón, cuando había viento, parecía las olas del mar. Quería vivir casi en el campo junto con todos sus hijos, el edificio de tres plantas y abajo el taller, cada uno teníamos nuestra propia casa y todos teníamos la llave siempre por fuera lo cual resultaba que éramos una comunidad muy unida, aunque en el piso de los padres era donde siempre estábamos. Llegamos a reunir entre todos veintitrés niños, más los de mi hermana Rosa que tenía nueve, y los de Cari que no vivía allí pero como si viviera porque siempre estaba con nosotros, así que los niños no necesitaban mas amigos, nos conocían por el “clan” Tortosa. Una época muy feliz y muy peculiar, nos reuníamos para cantar y cualquier cosa era motivo de fiesta. Eso poco a poco se fue perdiendo con la falta de mis padres y también por nuestro afán de vivir con más amplitud y en casa independientes. Yo lo tengo muy arraigado esa forma de vivir y por eso ahora que vivo sola me vienen esos recuerdos.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Nuestra primera moto

Ya he comentado lo de la fiebre de la moto y cuando terminamos de pagar la reparación del golpe que dimos a la que habíamos alquilado, pensamos que igual que pagamos la reparación podíamos comprar una nueva y con esa idea pudimos comprar nuestra primera moto: una Lube preciosa de 125 cc. Eso fue una de las mayores ilusiones de nuestra vida. Con ella llegamos hasta donde queríamos, incluido el puerto de Los Leones, y que sensación de libertad puedes sentir. En ella aprendí a conducir una moto. Años después la cambiamos por una Vespa y otra vez como la anterior firmamos un montón de letras que guardábamos en una caja de zapatos. Cuando nació Piluca la llevábamos entre los dos bien agarradita, pero comprendimos que era peligroso y entonces Ángel añadió un sidecar y la niña iba en el fondo bien abrigada, que pena que no tenga ninguna foto con la cabina de una avioneta que fabricó su padre para protegerla del frío y el viento. Hasta Cartagena fuimos, lo que no me acuerdo es de cuantas horas tardamos, de lo que sí me acuerdo es que Angel tenía las piernas como un cowboy.

La fiebre de la moto

Nosotros lo llamábamos la fiebre de la moto, estábamos enganchados, como dicen ahora, a esa idea y por mas que le dábamos vueltas no nos salían las cuentas. Yo que he sido siempre muy optimista no lo veía tan negro, Ángel se negaba ni siquiera a la idea de tener una. Fue un día que alquilamos una entre mi hermano Juan y Anita, ahora su mujer, ¡que bien lo pasábamos! nos turnábamos para montar, estuvimos en la Casa de Campo, montábamos las dos chicas con uno o con otro y sentimos, por lo menos yo, un aire de libertad, bueno yo no lo sé explicar, eso hay que sentirlo cuando se monta, y mucho más cuando la conduces tu. Cuando pasaron muchos años después que tuve mi propia moto, pienso que debe ser así como montar a caballo que yo no lo he probado nunca y estoy arrepentida. Aquel día no terminó muy bien porque nos caímos cuando ya teníamos que devolver la moto, tropezó la pata de cabra con el raíl del tranvía cerca de la puerta de Toledo, fue un buen susto. Anita tenía las piernas desolladas, yo eché a correr a buscar a Angel, yo corría mucho y no sé como le pude encontrar saliendo de la casa de campo, entonces él se fijo que yo tenía las piernas ensangrentadas, no es nada le dije, vamos enseguida que hay que devolver la moto claro la moto no andaba, la llevaron andando hasta Manuel Becerra y tuvimos que pagar muchos meses la reparación. Esto no restó nuestro deseo de tener moto propia pero eso ya lo contaré otro día.

martes, 6 de noviembre de 2007

La palangana del rastro

Fue una mañana de las pocas que nos quedamos en Madrid, yo siempre preparaba la comida para ir al campo, pero aquel domingo nos quedamos. A él le gustaba mucho Madrid, el campo lo aceptaba porque no sabía decir que no y me debía querer mucho aunque yo no lo notara, no me dijo nunca que me quería, siempre le preguntaba y se echaba a reír, algunas veces me he preguntado si el cariño se podía medir y pensaba que el mío era mucho más grande, pero cada día que pasa pienso mas en él y recuerdo tantas buenas cosas a su lado, su bondad, esa tranquilidad y paciencia, sus razonamientos. He tenido buena suerte de poder vivir una gran vida con un hombre como él. Le gustaba mucho ir al rastro y siempre encontraba cosas a buen precio, aquel día yo me fijé en una palangana con su jarra, pero era muy cara y seguimos. De pronto aparco diciendo que me quedara en segunda fila que venía enseguida, yo distraída con la cantidad de gente que pasa en el rastro. De pronto le vi venir de lejos y traía en sus brazos la palangana y la jarra, y esto podéis creerlo yo lo había soñado hacía mucho tiempo tal como venía hacia mí. ¿Se puede en sueños ver cosas que nos ocurren mucho después?