Sería en el cuarenta, no teníamos nada, mi madre se las ingeniaba para poner un plato en la mesa. Aquel verano los niños que se alistaban a la falange los llevaban a campamentos de verano, al menos uno que estaba en esa edad podría comer durante un mes. Mi hermano Juan había estado enfermo y pensó que le vendría muy bien, él no quería ir, decía, yo soy de
lunes, 24 de marzo de 2008
El campamento
jueves, 28 de febrero de 2008
La foto
Esta muy manoseada, pero la tengo en mi habitación, es una foto muy pequeña, están mis padres con mi hermano Juan subido a una silla, en Cibeles, se ve un saco de leña detrás de la silla. Debieron mandarla cuando aún no habían cortado las comunicaciones entre Madrid y Barcelona, creo que he tenido la foto en la mano durante los tres años de guerra, he echado mucho de menos a mi familia. Tenía seis años cuando me mandaron a Barcelona con mis hermanos mayores, creíamos que eran unas vacaciones pero fue muy duro. El gobierno aconsejaba que los niños debían irse para Cataluña o Valencia que allí no había guerra “aún” pero yo recuerdo cuando llegué ver algún muerto en las calles, debían ser los que les daban el “paseo”, pero la guerra llegó, por mar por tierra y por aire y en medio de aquel infierno yo me sentía feliz. Fuimos a parar a casa de mis tíos que no los habíamos visto nunca y nos acogieron con mucho cariño, ellos no habían tenido hijos, tenían una perrita pekinesa, Pitusa. Cómo se puede llegar a querer así a un animal, no he querido tener mas perros de la tristeza que me dio separarme de ella. Los tíos sin experiencia de niños les caímos como una tormenta, los tres éramos muy inquietos y acostumbrados a estar jugando en la calle, así que no podíamos estar sujetos en la casa y nos escapábamos, ya os contaré otro día las aventuras que corrimos por esas calles de Barcelona y sus gentes muy queridas por nosotros. Los tíos las debieron pasar canutas pero se llevaron una gran pena cuando volvimos a Madrid.
martes, 29 de enero de 2008
El cochecito
Mi nieta Ana Celia me dice que escriba de mi vida, a ella le gusta escucharme, ya de pequeña me decía: yaya un cuento no, una historia tuya verdadera, Aunque yo crea que no tiene ningún interés, pero sí son cosas que han pasado de verdad, me deja hablar y cantar las canciones antiguas aunque creo que cada vez lo hago peor. También viejas poesías aprendidas en mi colegio Instituto Escuela.
Hoy le contaba cuando cuidaba a mi hermano pequeño. Había nacido al terminar la guerra civil, yo tenía nueve años, Don Tomás el médico que nos conocía mucho le dijo a mi madre que como no podía darle buenos alimentos (que yo recuerde ni buenos ni malos) no había casi de nada, que como el niño había nacido algo desnutrido, que al menos le diera mucho el sol y el aire, así que me dejaba estar todo el día en la calle. En mi glorieta había muchos árboles y poca contaminación, mi papá no quería que yo lo tuviera en brazos porque era muy pequeña y le construyó un cochecito para bebe todo de madera, yo salía tan ufana con mi cochecito, pero de tanto rodarlo las ruedas se desgastaron por la parte mas débil de la madera de modo que se pusieron cilíndricas, bueno eran como huevos y al rodar daban unos saltitos muy graciosos que al niño y a mí nos gustaban mucho, resultaba la mar de original.
domingo, 20 de enero de 2008
El primer coche
Mi hermano Juan se acordará, fueron los dos (mi marido y él) a traer el coche, un cochecito precioso negro, le llamaban el “Topolino” era muy pequeño y lo vimos en un garaje en la plaza del Marqués de Salamanca, nos enamoramos de tal forma que empezamos a pensar si podría ser nuestro. Teníamos entonces una Vespa a la que Angel había acoplado un sidecar y para que los niños no tuvieran frío le puso una cabina que acopló de una avioneta, vaya ingeniero que era, hacía cosas increíbles, ahora pienso que el dueño del coche no era ingeniero, pero sí más listo y debió salir ganando. Yo no hacía mas que salir al balcón para ver venir el coche “nuevo” que debía tener más años que Matusalén, cuando lo metieron bajamos todos mis hermanos, cuñadas y sobrinos y claro mis niños y yo, todo un acontecimiento. Todos querían probar a conducirlo y al ir a salir no encontraban la marcha atrás y les decían: os han timado, no tiene marcha atrás. Probaban uno y otro y nada, hasta que Rafael que tenía más experiencia la encontró, nos libramos de un buen susto.martes, 15 de enero de 2008
El Chacho
Esto de escribir le viene a mis hijos de herencia, pues contaba mi madre que su tío al que llamaban “El Chacho” escribía inspirado por un espíritu. Era una historia apasionante de las que enganchan y no se pueden dejar y sueñas con ellas. El Chacho escribía alrededor de una mesa de tres patas y con varias personas alrededor creyentes, espiritistas, cosa que a mí siempre me ha dado miedo y cerraba los ojos y dictaba para que copiaran los demás lo que le transmitía el marino. Esta historia, no la del marino, nos sobrecoge mucho a mi hija Marisa y a mí, ella también escribe y parece que El Chacho está muchas veces en su pensamiento y nunca lo conoció y yo tampoco, ni en fotografía.
Cuando escribo la página
Cuando escribo la página siempre tengo miedo de no poder hacerlo como quisiera, pero pienso que mis hijos y nietos podrán leer y saber cosas de mi vida que con el tiempo se olvidan. La verdad es que no ha sido tan importante como para escribirla, pero es nuestra vida, la de Angel y Pilar que se quisieron mucho y como resultado han tenido tres hijos fabulosos como diría yo, él diría que ellos le habían hecho ser feliz y cumplir todas las ilusiones que había puesto en ellos, qué pena que no pueda ver a sus nietos tan grandes, que son el reflejo de sus padres.
lunes, 7 de enero de 2008
El tope del tranvía
En la glorieta de Luca de Tena terminaba el tranvía, un poco más abajo la estación de Delicias, donde íbamos a jugar a las vías del tren y al lado de la estación La Ferro un campo de deportes donde vimos muchos partidos y veladas de boxeo. Esto último no me ha gustado tanto pero nos colábamos sin pagar con una habilidad increíble, también entrábamos en el cine de verano, saltando la valla de madera y justo donde daba la vuelta a la glorieta, el tranvía aflojaba la marcha y de un salto nos sentábamos en el tope, el revisor cuando nos veía nos tiraba arena de un cajoncito que llevaba colgando en la parte de atrás, creo que servía para frenar en algunos casos. De esta forma cambiando de tranvía viajábamos hasta la tienda de mi hermana Rosa en la calle López de Hoyos unas distancias grandísimas, otras veces íbamos en bicicleta y algunas me ha llevado mi hermano Pedro en la barra. Pensábamos merendar a lo grande pero mi hermana como tenía tanto trabajo se olvidaba de darnos de merendar y nosotros nos conformábamos con unas algarrobas que vendía para los caballos porque la tienda era de piensos y nos sabían a gloria, están muy dulces pero algo duras, en aquel tiempo el hambre se combatía con cualquier cosa y el estómago no nos dolía, estábamos siempre bien de salud, claro de vez en cuando nos ponía mi madre en fila y nos teníamos que beber un vaso de agua de Carabaña, esto quien lo haya probado, es tela marinera.
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